Cuando mi profe de yoga anunció que estaba organizando un retiro de 4 días en el bosque cerca de Valdivia, no lo pensé 2 veces y me anoté. Me sorprendió mi impulso, porque, como buena introvertida que soy, no es mi estilo ir en grupo, menos en un grupo desconocido. Ahora, es verdad que habían compañeras de yoga en el grupo, pero la verdad que nadie tan cercano a mí. Pero por alguna razón, tenía super claro que quería ir.
Ahora, al acercarse la fecha del retiro, mi Gaëlle interior se asomó y me empecé a poner nerviosa con esa decisión impulsiva. Me gusta hacer yoga y me encanta la naturaleza, pero ¿Por qué me inscribí sin saber bien quienes iban? ¿Con quien me tocará compartir pieza? ¿Quién me manda a meterme en un bosque sin señal con desconocidas? Además, hay un factor cultural: si bien llevo muchos años en Chile, igual soy extranjera y a veces no es fácil entrar en ese mundo chilensis.
Por suerte mi intuición fue más fuerte. Seguí con mi plan y fui al bosque.
Y ¿Qué aprendí durante esos 4 días?
- Que es fundamental salirse de su zona de confort para desbloquear el piloto automático en el que muchas veces estamos sin darnos cuenta. Al exponernos a lo desconocido, actualizamos nuestro mapa mental y nos damos cuenta que cuando nos salimos de nuestros patrones conocidos,… no pasa nada catastrófico, al contrario, nos hace bien.
- Que conocer a personas nuevas con vidas, trayectorias y con puntos de vistas diferentes al de uno es demasiado enriquecedor. Es algo que siempre me ha fascinado y que siempre anhelo, pero que la vida a veces no me deja tiempo para explorar y conocer gente nueva. Conocer a otros nos permite ampliar nuestro mundo y trabajar en nuestra capacidad de tomar el punto de vista de otra persona — entender cómo piensa, siente o percibe una situación desde su marco de referencia, no el de uno. Y no puedo imaginar mejor espacio que ese retiro con 14 mujeres en círculo, conversando.
- Que es importante a veces permitirse no trabajar o estudiar (en mi caso, es algo bien difícil lamentablemente) y hacerlo sin culpa.. Solo estar presente. Caminar por el bosque, hacer yoga, conversar y meditar. Y lo bueno es que no hacer nada “productivo” activa una red cerebral importantísima llamada Default Mode Network que es la red de exploración donde procesamos emociones, construimos identidad, generamos empatía y sobre todo donde hacemos conexiones. Catorce mujeres en un bosque, sin pantalla (casi), sin señal (o poca), sin agenda intensa es el lugar perfecto donde se logra encender esa red.
- Que estar en un grupo con desconocidos también permite conocerse mejor y hasta conocer un lado de uno que se nos había olvidado o que ni conocíamos. Y eso también es valioso.
Gracias a todas esas mujeres maravillosas, con quienes compartí esos días por enseñarme tanto.
Me quedaré con mucho más que eso, pero recalco la generosidad y entrega de la Maidita; la buena energía y vibe de la Jolly; la bondad y ternura maravillosa de la Maida; la sonrisa contagiosa de la Fernanda; la curiosidad insaciable de la Conchu; la energía y fuerza de la Barbara; el estilo y la sabiduría de la Anita; la voz y el desplante de la Cote; la hiperactividad y el humor de la Sol; el entusiasmo y la sonrisa de la Natalia; el humor agudo y el lado organizacional de la M. Paz; la autenticidad y generosidad de la Paula; la discreción y buena onda de la Sofía. Todas mujeres talentosas y resilientes. Y la suerte mía es que gané un grupo de amigas.
Doy gracias también a mi familia por permitirme esta escapada.


